miércoles, 14 de enero de 2009

Memorias de la muerte en Baños de la Encina

UN TRABAJO REALIZADO POR JUAN JOSÉ LUPIÓN ORTIZ SOBRE EL AÑO 2004



POR ESA ÉPOCA ESTUDIANTE DE BIOLOGÍA EN LA UNIVERSIDAD DE JAÉN

Antropología de la Muerte
Juan José Lupión Ortiz



PRÓLOGO

El relato que voy a narrar, cuenta fielmente las vivencias relatadas por las gentes del pueblo de Baños de la Encina, lugar al que tengo un profundo cariño, y el que he elegido por sus arraigadas costumbres y sus entrañables personas.
Se trata de un texto puramente informativo, en el que me limito a la información amablemente contada, durante las horas que tan gustosamente he pasado entre los vecinos de esta villa.
La polémica del tema de la muerte, tan de moda en estos tiempos, he preferido dejarla al margen, para mantener intacta la delicadeza con la que estas gentes tratan un tema tan sagrado para ellas como es la muerte, en su ámbito más tradicional.

Mis agradecimientos a todas las personas que me han brindado un momento de su tiempo, aún sin conocerme, y en especial a Ana Ortiz Rodríguez, vecina del pueblo, a quien debo esta maravillosa idea, y la realidad de este texto.


INTRODUCCIÓN


Baños de la Encina es un pueblo de la provincia de Jaén, en donde el tiempo ha sentido la tentación de detenerse, guardando celosamente durante siglos una riqueza monumental inigualable.


Este lugar ha sabido conservar una identidad cultural, su patrimonio histórico - artístico y una gran riqueza paisajística.
Sin embargo, junto a toda esta variedad desde el punto de vista turístico, existe en esta villa señorial una religiosidad popular, una tradición lírica, así como unas costumbres y ritos funerarios muy acentuados que los lugareños esconden de toda persona ajena al pueblo. Solo los habitantes del lugar comprenden y desarrollan desde los tiempos más antiguos.
En este sentido cabe destacar una serie de construcciones declaradas hoy día como monumentos históricos, que en un tiempo no muy lejano han sido utilizados como Campos Santos en los que los “ Bañuscos ” daban solemne sepultura a sus seres queridos, siguiendo todo un ritual preestablecido.


El pueblo se encuentra dominado por una imponente fortaleza califal: el Castillo de “ Bury Al-Hamma ” construido en el año de 968 d.C. En aquel tiempo los musulmanes aún dominaban la mayor parte de la península teniendo en jaque a los cristianos del norte, fue mandado levantar por el califa cordobés Alhaken II.
El castillo está construido en tabiyya ( material típicamente árabe realizado a base de una mezcla de arcilla, arena, cal y piedras muy menudas ). Tiene una superficie aproximada de 2700metros cuadrados y una forma elíptica, con una muralla que encierra a toda la fortaleza con dos torres mayores que los demás a ambos extremos, y otras 13 torres de forma rectangular: seis en la cara este y siete en la oeste. Dentro hay un amplio patio de armas y un gran aljibe, que servía para asegurar la provisión de agua en caso de que el castillo fuese cercado.
Fue declarado Monumento Nacional Histórico – Artístico en 1931.

También son patrimonio artístico la Iglesia Parroquial de San Mateo, que data del último tercio del siglo XV, y acoge a la Virgen de la Encina, patrona de la localidad, la Ermita del Cristo del Llano, de construcción más reciente que la anterior, que data de la mitad del siglo XVIII.
La Ermita de Jesús del Camino, y la de la Virgen de la Encina, son los monumentos más apreciados por los visitantes, así como por sus gentes, debido a las fiestas tradicionales celebradas en su honor.

RITOS FUNERARIOS BAJO EL CASTILLO

Tras la etapa musulmana, el castillo de Bury Al- Hamma, fue tomado de forma definitiva a manos de los cristianos en el 1225, por Fernando III de Castilla. Ya durante la época cristiana, esta impresionante fortaleza fue utilizada de cementerio durante finales del siglo XIX y principios del XX.
Los habitantes de la villa, lo han considerado por esto, un lugar santo, en el cual todavía hoy yacen enterrados muchos de los lugareños, ya que durante esta época, no existía el cementerio, su construcción fue posterior. Así el castillo se convirtió en el lugar más sagrado por su tradición para llevar a cabo los ritos funerarios. Hoy día es considerado como símbolo de vida y muerte.

Según cuentan los Bañuscos, y de hecho hay excavaciones que así lo demuestran, se han sacado cuerpos, féretros y demás restos del castillo, tras reformas y desenterramientos llevados a cabo para su restauración, que se encontraban en el patio de armas y en las almenas, en el interior de las torres de la fortaleza.
Las sepulturas tuvieron lugar de los años 1800 a 1900, porque no existía cementerio, que se construyó en los años 1915 a 1917.
A partir de esta fecha, la costumbre de los muertos en el castillo, desapareció, y los difuntos se llevaban al cementerio, quedando gran cantidad de cuerpos enterrados en el olvido, bajo un castillo milenario.
Esta costumbre de utilizar el castillo como campo santo, es aún recordada por muchos de los vecinos de este municipio.
A partir de sus relatos, narro fielmente todos y cada uno de los pasos que tenían lugar durante la sagrada sepultura:
En primer lugar, cuando alguien fallecía, el cuerpo se velaba durante 24 horas en la casa del difunto, pero en ningún caso se enterraba antes de 1 día. Esto era una norma básica que se cumplía firmemente.
Una vez transcurrido este tiempo, el fallecido era conducido por un cortejo fúnebre hasta la Iglesia de San Mateo, situada en el centro del pueblo.
A continuación, recibía una misa (responso), diferente de las actuales, en la que el tiempo de la ceremonia era menor. El ataúd nunca entraba en el altar mayor, sino que se hacía pasar por una habitación contigua a la entrada de la iglesia, llamada La Cruz de los Caídos.
Es una capilla más pequeña de lo habitual que albergaba sólo y exclusivamente los ritos funerarios.
Tras el responso, el cortejo fúnebre abandonaba la iglesia para dirigirse al castillo.
En cabeza de la comitiva iba el párroco del pueblo.
El ataúd era transportado “a hombros” por los hombres del pueblo, mientras que detrás iban los “dolientes” con llantos, pataleos, gritos... que estremecían a toda la villa.
Una vez llegados a la imponente entrada principal, con casi 3 metros de anchura y dos de altura, el sacerdote rezaba la última oración al difunto, y luego abandonaba el lugar. El párroco nunca entraba más allá de esta puerta principal, ni tampoco las mujeres, que en este lugar entre gritos desesperados le daban el último adiós al fallecido.

Cuando los hombres entraban el ataúd en la fortaleza, en función del prestigio, posición social y riquezas del fallecido, eran enterrados con algunos de sus objetos más queridos en las cajas, antes de cerrarlas definitivamente.
Por último ataban el féretro con gruesas y fuertes sogas. Con un enorme esfuerzo lo elevaban a lo más alto de las almenas (las torres), y lo bajaban a lo más profundo y oscuro.
En otros casos, el ataúd se enterraba en el patio de armas de la fortaleza, aunque no se sabe bien si la persona que era enterrada allí, difería en clase, posición social o títulos, respecto al que yacía en las almena
Cabe mencionar un hecho asombroso que se produce en torno a esta situación: los difuntos pese al paso de los años (en algunos casos más de 100), presentaban un estado de conservación equiparable al embalsamamiento, en el momento en que eran desenterrados.

Las torres utilizadas como nichos improvisados, se convertían en lugares en donde el tiempo parecía no pasar.

A pesar de todo esto, los niños y niñas de este hermoso municipio, en sus juegos, se acercaban al castillo, que aunque estaba celosamente guardado por su muralla, sus torres y una imponente puerta que daba acceso a su entrada principal, los chiquillos inmersos en sus bromas y juegos, entraban en el interior del castillo, a través de pequeños agujeros ya que el tiempo había deteriorado la reja de un ventanal que daba a las colas del pantano .
Una vez dentro, los chavales corrían y se perseguían con gran inocencia, pero algunos, se subían a las almenas o entraban por los socavones producidos por el desgaste y veían ataúdes.
Con una frialdad impropia de esa edad, tocaban los cuerpos acartonados que durante mucho tiempo descansaron allí, .
Es tal la veracidad de estos acontecimientos, que es sabido por los lugareños que cierto día, una niña fue sacada de su santo sepulcro, era tan sólo un bebé de pocos meses de edad muerta años antes, y que se conservaba asombrosamente bien, como si acabase de fallecer. Estaba completamente vestida de blanco, y otra niña la tomó en sus brazos como si fuese su muñeca, jugando con ésta cuando entraban a jugar al castillo.
Esto se supo y fue tal el revuelo que se montó, que los vecinos empezaron a gestionar, junto con el Ayuntamiento, la construcción de un cementerio fuera del pueblo, que albergase a todos los bañuscos muertos, así como a todos los cuerpos que se mantenían en el castillo y que irremediablemennte iban saliendo a la luz.

Una vez construido el cementerio a una distancia prudencial de unos dos kilómetros del pueblo, comenzó la tarea de extraer el mayor número de cuerpos y restos del interior de la fortaleza califal, para otorgar un descanso definitivo a las almas errantes del castillo.

Durante unos años se desenterraron gran cantidad de ataúdes, restos y cuerpos, algunos intactos, propios de una momificación más que de un entierro cristiano.
Además las ropas y vestimentas se conservaban también impolutas al paso del tiempo. Tal es así que incluso se podía saber aproximadamente los años en que habían muerto esas personas, porque algunas conservaban los trajes del mismo día en que murieron.
Así se sacó a un hombre con aspecto militar, más tarde se confirmó que era un antiguo capitán que participó en la guerra de Cuba, porque conservaba sus botas, sus pantalones, su uniforme, casaca y sus condecoraciones del ejército completamente visible y en perfecto estado de conservación.
Durante unos años se estuvieron sacando restos y más restos, de los cuales aquellos que eran reclamados por los familiares y se hacían cargo de ellos los llevaban al cementerio donde de nuevo recibían sepultura.
Aunque bien es cierto que la inmensa mayoría habían pasado al olvido, e iban siendo transportados en remolque unas cajas sobre otras hasta un olivar en las inmediaciones del cementerio.
Allí se amontonaban esperando que alguna persona se acordase de ellos para llevar sus restos al cementerio.
Los que no fueron reclamados se incineraron por completo quedando sus cenizas en el Campo Santo Santo, las pavesas se esparcían alrededor de un frondoso olivar cercano a la incineración.
Muchos de los habitantes de este municipio fueron testigos de todo esto, algunos de ellos habían enterrado a sus familiares (abuelos, bisabuelos...),antes de pasarlos al cementerio cogían algunas de las pertenencias del cadáver como recuerdo(mantillas, velos...)que se habían conservado muy bien a lo largo del tiempo.



PREPARATIVOS ANTES DE LA MUERTE

Los bañuscos se han distinguido siempre por su gran hospitalidad, pero si en relación a la muerte hay que destacar algo, es que eran y son muy respetuosos ante ella.
Cualquier vecino del pueblo seguía unos rituales previos antes de morir, que tenían lugar incluso muchos años antes de que esto tuviera lugar.
Cuando dos personas se unían en santo matrimonio, unos pocos días después de la ceremonia, la mujer preparaba la denominada “Mortaja”: que consistía en un vestido o un traje nuevos con sus complementos como son las medias, zapatos, mantilla o velo todo de color negro. Todo junto se liaba en una sábana, cosiéndolo posteriormente con mucho cuidado, de manera que quedase perfectamente sellado hasta el día de su muerte en el que la mortaja seria sacada del baúl en que se guardaba durante años, se descosía y se tomaba la ropa que en ella había para vestir desde los pies a la cabeza a la difunta.
En el caso del hombre ocurría algo parecido, ya que su mujer le preparaba a él también la mortaja, pero con la excepción de que en las familias más humildes, algunas de ellas tan pobres que no podían comprar un traje nuevo para la sepultura, se utilizaba el mismo traje de la boda, asegurándose así que ese día el hombre vestiría sus mejores galas.
En la mortaja del hombre se incluían: camisa, pantalón, corbata, zapatos, cinturón y una chaqueta.
Esta costumbre de preparar la mortaja era seguida por todo el pueblo fuese cual fuese su condición y posición social.


DESARROLLO DE UN RITO FUNERARIO


Cuando un Bañusco moría víctima de un accidente o a causa de la vejez, lo primero que se hacía es llevar al cadáver a su casa, o bien si había fallecido dentro de ésta, se arrancaba una de las puertas de la casa y se depositaba el cuerpo encima de puerta, esto se hacía para evitar que al morir el cuerpo quedase curvado, esta tradición se mantiene hoy día para que el fallecido repose lo mas rígido y recto posible, por esto lo colocaban en la puerta que constituía una parte sólida y firme, evitando así que el cuerpo quedase deformado tras la muerte.
Si había muerto en la cama, rápidamente se sacaba de ella y se ponía encima de la puerta. Una vez hecho esto, se proseguía desnudando el cuerpo por completo, sacando la mortaja para vestirlo de manera impecable desde los pies a la cabeza.
En estos preparativos sólo intervenían las mujeres mas allegadas al difunto, mientras que los hombres esperaban en una casa contigua.
Luego lo pasaban a una caja de madera que estaba hecha a medida, para empezar el Velatorio.
El ataúd estaba forrado por completo en su interior por una tela negra. Para pasar el difunto al ataúd se arreglaba con detalle: se le ataban los pies,para que quedasen juntos, las manos con los dedos entrecruzados se llevaban al pecho, atándole un pañuelo de manera que se mantuviese cerrada la boca, se le pasaba el pañuelo por debajo de la barbilla a ambos lados de la cara y se ataban los extremos en la cabeza. Otra costumbre muy arraigada, era la de ponerle unas tijeras abiertas encima del abdomen porque se pensaba que así se evitaba que el vientre del difunto se hinchara.


*VELATORIO


Tenía lugar en casa del difunto, se velaba su cuerpo durante un día como mínimo, nadie podía ser enterrado antes de 24 horas.
El ataúd se situaba en una habitación más o menos grande en la cual se situaban un numero variable de sillas alrededor, de manera que los familiares más allegados y las personas que fuesen a dar su pésame, pudiesen estar durante parte del velatorio cerca del fallecido.
Los vecinos llevaban comida a la casa, era muy típico llevar cocido o caldo si era mediodía, para que los dolientes tomaran algo caliente. El momento de la comida se hacía con la más absoluta discreción y en silencio. La comida era aportada por los vecinos y nunca se cocinaba en la casa del difunto. Era costumbre llevar también leche, café, magdalenas durante la noche.
En familias muy necesitadas que no podían acarrear con los gastos de un entierro, el Ayuntamiento les proporcionaba un ataúd, para poder llevar al difunto, una vez terminado el entierro, el ataúd se devolvía de nuevo al Ayuntamiento, así pues el cadáver era enterrado solo sin ataúd. De esta manera el Ayuntamiento prestaba auxilio en los momentos de mayor dolor, para que cualquier vecino de la villa fuese enterrado dignamente. Para los Bañuscos cualquier persona merecía ser tratada después de su muerte con dignidad y respeto este.
En el caso de que muriese un niño o una niña de corta edad ( 1-15 años ), se le construía un pequeño altar en su casa, rodeado de muchas flores. Se solía utilizar una mesa de cocina, y sobre ella se ponía el ataúd que era hecho a medida. El ataúd estaba forrado con tela blanca. Los niños que perecían, se vestían de blanco al contrario que los adultos que iban vestidos de negro. Existía una gran distinción en cuanto a un niño y un adulto: color de las ropas, forma del ataúd...

Un caso muy especial era el de los suicidas. Aquéllas personas que se quitaban la vida, no se consideraban buenos cristianos, y estaba muy mal visto. Aunque recibían sepultura, no se les concedía el privilegio de recibir una misa en su nombre, así que no pasaban por la iglesia y eran llevados directamente al cementerio, donde se enterraban en una zona distinta del resto de los difuntos, situada lejos de los demás nichos.

Si el fallecido era un sacerdote, tampoco recibía el mismo trato que el resto de los vecinos.Estos curas iban “al revés”, y aunque se llevaba también a hombros, la cabeza iba siempre por delante, al contrario del resto que iban con “los pies por delante” en sentido de la dirección de la marcha. Los sacerdotes nunca eran enterrados en el castillo en la época en que esta práctica se hacía, con el resto de los mortales, sino que eran enterrados en la iglesia, debajo de la capilla de la Virgen de la Encina, en la Iglesia de San Mateo, o se enterraban en la Ermita del Cristo del Llano, bajo el altar mayor del Cristo.



Los personajes ilustres también se enterraban en las iglesias. Un ejemplo es el de Pedro García Delgado Galindo, profesor de la Universidad de Baeza, nacido en Baños en 1618, canónigo de la Catedral jienense que se retiró a Baños donde fundó el Santuario de Jesús del Llano. Murió en los últimos años del siglo XVIII, y yace sepultado bajo el altar mayor del Cristo sin más losa sepulcral que su escudo de armas.


Una vez hechas estas aclaraciones, prosigo contando el rito del velatorio.
Al comienzo del velatorio, las mujeres y los hombres se encontraban separados. Las mujeres estaban en casa del difunto mientras que los hombres estaban en una casa contigua prestada para la ocasión.
Así durante las 24 horas se acercaban los vecinos para mostrar sus condolencias, traían comida y dialogaban con los familiares sobre la vida del difunto, sobre los buenos momentos de tiempos pasados. Los hombres hacían lo propio en la otra casa, y nunca se juntaban en el velatorio con las mujeres. Durante toda la noche entre diálogos, no cesaban de darse las muestras de dolor, afecto, lloros, rezos y alabanzas. Las mujeres rezaban toda la noche para que descansase en paz el alma del difunto. Una vez pasado un día, el difunto abandonaba la casa llevado a hombros por los varones de la familia y amigos, o bien era transportado en un carro de caballos hasta la Iglesia de San Mateo. Este coche fúnebre, estaba tirado por dos caballos negros, pintado también de negro, y con unas cortinas negras de velo transparente, que dejaban entrever el ataúd al ser movidas por el viento. El carro tenía también adornos dorados, que resaltaban más su aspecto fúnebre. La utilización del carro, fue posterior a los enterramientos del castillo. Durante la época en que los bañuscos enterraban a sus muertos en el castillo, los ataúdes eran transportados a hombros. Tras el velatorio el féretro era llevado a la iglesia, y este trayecto se hacía siguiendo un escrupuloso orden que relato a continuación:

- Lo primero que salía de la casa, era el féretro.
- A continuación iban los hombres del pueblo (los vecinos)
- Por último, los dolientes acompañados por las mujeres del pueblo

Este orden se mantenía rigurosamente hasta llegar a la iglesia. La Iglesia de San Mateo, se encuentra junto a la plaza del pueblo. Una vez llegados a este punto, los hombres del pueblo, se apartaban a ambos lados de la calle para dejar paso al féretro, a los dolientes y a las mujeres que los acompañaban. Cuando el difunto entraba en la iglesia, la mayoría de los hombres esperaban fuera, en la plaza. Sólo los dolientes y las mujeres participaban en la misa. Al término de la misma, y siguiendo el mismo orden preestablecido, el cortejo fúnebre bajaba hasta la entrada del pueblo, hasta la Calle de la Esquina de los Molinos, donde hacían una pequeña parada en la que los vecinos le daban el pésame a los familiares. Durante una época  había un pregonero que estaba siempre presente en los entierros, como un ángel que acompañaba en su camino. Este señor, a la entrada de la Esquina de los Molinos, decía en voz alta:
- “Muchas gracias señores” -, y una vez dicho esto, todo el mundo que acompañaba a la comitiva, incluidas las mujeres se despedían ya que no iban nunca al cementerio, sólo iban los dolientes varones, acompañando al féretro, mientras que las mujeres, despedían al cortejo allí en la entrada del pueblo.
Llegados al cementerio, los hombres le brindaban al difunto el último adiós. Era tradición antes de enterrarlo, destapar el ataúd para verlo por última vez, y luego se cerraba la caja y se procedía al entierro.
Otra costumbre antes de enterrar a los muertos, que se practicaba con frecuencia, era poner junto a la boca del difunto un pequeño espejo de mano, cuya misión no era otra sino confirmar la fuente del difunto, porque si al poner el espejo no se empañaba, significaba que no respiraba, y por lo tanto estaba muerto, y si aparecía empañado, era que aún estaba vivo.
Esta costumbre se impuso entre los bañuscos debido a un extraño caso acaecido en los tiempos remotos en que se enterraba en el castillo:
Cuentan no sabiéndose si es cierto o leyenda, que en cierta ocasión, una vecina del municipio murió. Esta mujer padecía “catalepsia”, enfermedad por la cual el corazón sufre un paro cardíaco, y al cabo de un tiempo, la persona se recupera. Se realizó el velatorio, y la misa pertinente, y fue conducida al Castillo de Bury Al-Hamma, como era demasiado tarde y la noche amenazaba, decidieron dejar el féretro en el interior del castillo en una capilla, llamada “Ánimas Benditas”. Cerraron la puerta con llave para volver a la mañana siguiente y enterrarla. Lo que ocurrió esa tarde fue algo espeluznante, escalofriante, ya que debido a su enfermedad, volvió a despertar, a latir de nuevo su corazón. Al verse en tal situación, en medio de la oscuridad en el interior de su propio ataúd, la mujer salió despavorida, enloquecida por tal visión. Sola en la negrura, rodeada de muros y torres de piedra de aspecto fantasmal. A la mañana siguiente, cuando se iba a proceder a su enterramiento, al abrir la puerta del castillo, los hombres quedaron aterrorizados ante la imagen que se cernía sobre ellos: la mujer yacía en el suelo boca arriba, tenía la cara arañada y sus uñas desgastadas presentaban restos de sangre. Además la puerta también estaba arañada. Por esto se cree que al despertar en medio de la noche, fue tal su impresión que sufriría un ataque de ansiedad y ella misma se provocó los arañazos en la cara y arañó la puerta. Se decía que murió de espanto, porque nadie pudo oír sus gritos, ya que el muro con su gran muralla silenció su agonía.
A partir de este día todos los vecinos practicaban el rito del espejo para asegurarse que la persona está muerta y evitar casos similares, porque sus habitantes tenían miedo de vivir la angustia de aquella mujer.


RITOS FUNERARIOS EN LA ACTUALIDAD

Si bien es cierto que Baños de la Encina ha tenido siempre una gran tradición, ritos y costumbres muy respetuosos ante la muerte, hoy día la mayoría se han dejado de practicar, aunque algunos se mantienen en la actualidad.
Comento los más destacados.

Se entierran en el mismo nicho, incluso dentro del mismo ataúd, a personas de la misma familia, que lo hayan dejado en su última voluntad. Este proceso se lleva a cabo de la siguiente manera:
si una persona muere y es enterrada en su nicho, y al cabo de un tiempo determinado (mínimo 4 años), muere un familiar cercano, y quiere que su cuerpo repose junto al primer difunto, se saca al primer difunto de su ataúd, y sus restos se echan en el ataúd del recién fallecido, y se entierran en el mismo nicho o debajo de tierra juntos. Mediante este método, hasta 4 o 5 generaciones pueden descansar en el mismo lugar.Esta tradición se ha llevado a cabo durante siglos y hoy día algunos vecinos aún la practican.

Otra costumbre es que si algún habitante de la villa, ha perdido una persona muy querida y en un futuro no muy lejano desea descansar a su lado, estando esta persona todavía en vida, puede comprar el nicho de al lado del difunto más querido, y el nicho queda reservado hasta el día de su muerte. En este caso, antes de realizarse la compra del nicho, de propiedad perpetua, la persona que deseó comprarlo, tiene que rellenar una solicitud, presentándola posteriormente al Ayuntamiento, y ésta debe ser aprobada en pleno extraordinario, para que se haga efectiva la compra.

Otro hecho que tiene lugar cuando muere un bañusco, es que las mujeres más allegadas (madre, mujer, hermana...), según sea el caso, suelen guardar luto estricto vestidas de negro durante al menos un año. Hoy ya menos.
En el primer año de la muerte se ofician 3 misas en recuerdo del difunto. A partir de estos doce meses, se oficia una misa al año en conmemoración de su muerte.

Por supuesto el velatorio aún se mantiene, con todas las características de la ceremonia, que he explicado, porque el municipio carece de tanatorio. Aunque algunos ya se van fuera a un tanatorio. Aunque las mujeres cumplen algunos ritos, de la antigua ceremonia, otros han desaparecido, como el hecho de no acompañar al difunto hasta el cementerio, que hoy día sí se cumple.

Una tradición muy importante es la que se lleva a cabo el Día de los Difuntos, que se manifiesta durante la festividad de Todos los Santos.
Así los hombres del pueblo, formando grupos o “partías”, abandonan el pueblo, marchándose a pequeños cortijillos, o chozas de la sierra, donde pasan varios días con sus noches dedicados a la caza de pájaros con “liria”, y compartiendo el pan, el vino y las bromas. El origen de esta costumbre está en el hecho de que antaño, durante el Día de los Difuntos, las campanas no dejaban de tocar, día y noche, con la consiguiente caída de ánimo de los bañuscos, que era superada por los varones, abandonando el pueblo hacia lugares donde no se oyeran las campanas, quedándose las mujeres para rogar por las almas de los difuntos. Hoy día, a esta costumbre de “escaparse del pueblo” durante estos días, se le han sumado también las mujeres.
Otra tradición en la noche de los difuntos es conocida como “ir de gachas”, que consiste en que los jóvenes del pueblo, elaboran en sus casas “gacheta” (una masa pegadiza a base de harina y agua), o las típicas gachas bañuscas, que luego pegan en las cerraduras de las puertas del vecindario, tapándolas, porque según los lugareños, así se impide la entrada de malos espíritus en las casas.

El día de los difuntos, hoy día, las familias del pueblo se acercan a la ermita del cementerio, y en esta capilla, encienden cirios por las almas de los difuntos y escuchan una misa por su alma, viéndose en la noche a lo lejos una intensa luz roja desde la distancia.

OTRAS CREENCIAS EN RELACIÓN A LA MUERTE

Cuando algún habitante muere, los bañuscos dicen que los perros cercanos a la casa del difunto, no dejan de aullar durante la noche, y estos aullidos se escucha en cualquier punto de este pequeño pueblo.

Otra creencia, es que nadie quiere oír la flauta del afilador, que es un símbolo de mal augurio, y se comenta que cada vez que llega el afilador al pueblo tocando su flauta, anuncia la muerte de alguna persona, al día siguiente de que pase el afilador, una persona muere, y cuando los lugareños ven pasar al afilador, se preguntan unos a otros: - “¿A quién se llevará hoy el afilador?-.

Para los bañuscos, la muerte siempre ha sido objeto de numerosas creencias y leyendas. La más popular es la llamada “La fuente encantada de El Pilarejo”.
Esta leyenda trata del tiempo de los musulmanes en una fuente a las faldas del castillo. Pese a que aquí había un agua limpia y fresca, que es la más próxima a las casas, nadie lavaba ni bebía en ella, ni siquiera los niños se acercaban en sus juegos.
Me han explicado que en esa pequeña fuente, según cuenta la leyenda, un rey cristiano, degolló, con su propio puñal a tres niños, hijos de un jefe moro por negarse éste a entregarle la plaza del pueblo.
Enloquecido por la frialdad, y junto con los rabiosos gritos de sus fieles, el musulmán maldijo la Cruz, y ordenó abrir las puertas para establecer un fiero combate en el que fue derrotado.
Desde siempre se ha dicho que el espíritu de los infantes, guarda la fuente de manos cristianas.
Los lugareños evitan todo contacto con la fuente.

Cuentan que hace 50 años, un Día de los Santos Inocentes, una muchacha fue a lavar ropa a la fuente, ya que al ser tarde, era la más cercana al pueblo. Mientras lavaba arrodillada junto al lavadero, una piedra rompió con estrépito sobre el agua y removió el negro fondo. La muchacha se levantó presa del pánico, y huyó, abandonando las prendas hasta llegar a su casa.
Entonces el padre, varón fuerte y muy religioso, salió en busca de lo olvidado. Una lenta espera comenzó, el perro aulló en el corral, y llegada media noche, el hombre llegó demacrado, ojos hundidos, mirada perdida. Entregó la ropa y se acostó.
Al día siguiente, no fue al campo, ni a la taberna, no habló con nadie, y arrancó el crucifijo de la cabecera de la cama, y lo subió al desván. A los 3 días, justo a los 3 días, murió.


BIBLIOGRAFÍA


- RAMOS VÁZQUEZ, ISABEL (2003). “Memoria del Castillo de Baños
de la Encina”, (S. XIII- XVIII). Universidad de Jaén.

- “Jaén: pueblos y ciudades” (1997). Fascículo 28. Baños de la Encina.
Diario Jaén.

- “ Puerta de Sierra Morena: Baños de la Encina. Villa milenaria”.
Excmo. Ayuntamiento de Baños de la Encina
Este relato fue hecho para una asignatura de libre configuración de la Universidad de Jaén, el profesor puso un 9 de nota ya que le encanto el pueblo y lo desconocido para él de estos ritos. Ya que yo le di la idea me regalo una copia del trabajo. Contento del resultado, ya que le dieron seis créditos por el trabajo.